Embriaguez desvergonzada.

De repente, recordó su nombre
deslizándose sobre su lengua olvidada,
divagando sobre el jardín del pensamiento,
aparecía ante sus ojos,
enriquecía paulatinamente su garganta,
avanzaba galopando entre los fulgores del momento y desaparecía tras las cortinas de otra piel.

Cualquier suave perfume descubría su silueta,
penetraba con traición las tierras vecinas,
las ocupaba satisfecho sin sentirse dueño,
dueño era sólo de la embriaguez desvergonzada, que le impedía encontrarla.

Daba vueltas sobre los techos de paja,
empapado en sidra confundía la escoba con su boca,
y en líneas rectas caían sus cejas sobre la almohada.

La mañana era un revoltijo de sentimientos,
el pasado reemplazó el presente y
vivía en la incertidumbre de un final que no llegaba.
Aún sigue vivo al pie de la colina, entre la vereda del olvido y el camino del angustioso recuerdo.

© De León Isamar.
Imagen – pinterest

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Derecho para el infierno.

Si un día muero,
no moriré eternamente,
porque siempre hubo
un amigo a mi lado
que me dijo que yo viviría
dentro, en lo más profundo
de su corazón puro.

Si un día muero,
que no creo cierto,
vayan a mi entierro
sin tanto murmullo,
olviden los susurros
de esos recuerdos vagos.

¡Ay!, si un día muero,
olviden las habladurías
de que yo no fui perfecta
en vida pues no le robé
el marido a nadie,
aunque anduviera de bar
en bar bailando son
y merengue, dándole
hasta al reguetón
con mi faldita corta.

Y si me muero un día,
denles tiempo a mis cenizas
cuando empiecen a decir
que yo anduve por malos pasos
y que esa fue la razón del paro
de un corazón desquiciado.

¡Ay, si un día me muero
sin haber vivido,
qué arrepentimiento,
sin besar al sapo, al rico feo,
sin darle lugar al pobre lindo!

Cometí muchos pecados,
pero yo no me quiero morir
sin conocer Paris,
sin publicar un libro.

¡Y la cosas que escribo
cuando pienso que al otro lado
me esperan para cobrarme
todas esas travesuras!

¡Ay, qué miedo me da
saber que voy derechita
para al infierno,
sin un día muero!

©DE LEÓN ISAMAR.

La noche extranjera.

Aquella palabra cuya voz no oía; un rumor silbaba muy cerca de los rieles, y aprovechaba la agitada presencia de los pájaros errantes, para amenazar al cuerpo con humillar su puta prudencia.

Sus ojos mueren en los vagones que vuelven del silencio, acechando que estalle el rostro en un viaje sin retorno – ya no te buscaré en el exilio – sigue persiguiendo un poema que endureció un pezón que amaba, y cantaba sin voz a la noche extranjera.

Aquella palabra al mismo sitio le lleva, pasan a su lado con algarabía muchas soledades y alegrías, oculto detrás de un sombrero de guerra, lucha de pie, con los trenes y sus ventanas, sospecha de la traición de su cama y la mujer que la ocupa.

© De León Isamar.

Soñar despierto.

Para los que buscan aún sabiendo que no encontrarán.
Para los que sueñan despiertos sabiendo que sufrirán de insomnio.
Para los que aman sabiendo que no serán correspondidos.
Para los que leen historias de amor para imaginarse la de ellos.
Para los que perdonan sabiendo que no lo merecen.
Para ti que buscas cada día un nuevo comienzo.
Para mi que deseo de corazón vivir sin miedo.

© De León Isamar

Juzgar el olvido.

No vale juzgar el olvido
ni dividir la memoria en dos mitades.
Jamás se logra revivir el recuerdo
aunque éste coincide con espejismos;
vivientes y obedientes,
permanentes y a veces ausentes.

No vale el amor con llanto,
pero vale menos el que siempre sonríe.
Te he querido tanto
que temo romperme en un sueño
cuando solo, y único testigo mudo
me encuentre caminando sin rumbo,
convertido en un eterno peregrino
de mi anhelo por estar contigo.

No vale juzgar tu partida,
aunque fue una triste despedida
mientras estuviste, llenaste de ilusión mi vida.
Pero ahora, quizás tu estás llenando
de primavera otro otoño.
Y quizás yo ahora lo comprendo.

Hoy estoy triste, y uso el verso para perseguirte,
porque hay tanto silencio saliendo de mi sangre
que se desparrama, y tiñe cada palabra.
Y me dice que no vale, no vale juzgar el olvido
como tampoco vale perseguirte sin verte.

© De León Isamar.

Un cielo no tan lejano.

Soñé con ella
miraba su tierra,
planchaba su falda,
y el sol tomaba café
recostado en su casa.

La puerta del pasado se abría
y subía a la colina, recordaba su acuerdo
por un mejor futuro.

¡Qué llueva, qué haga sol y qué se reproduzca el rebaño!

El día regresaba a la media luna en su espalda, y despertaba sudando, y a su lado el hombre egoísta que entraba por la madrugada.

Con humildad pero sin cobardía, luchaba en el campo por el campesino, porque allí vio nacer a quien ya había muerto de hambre.

El trabajo amortiguaba los ruidos, que había causado aquel libro, una imagen le hablaba y se preguntaba qué decían aquellas palabras.

Corre el agua sucia por la zanja, arrastra sus ansias, sus sueños entierra. Mamá sacó de las yerbas tus uñas, y papá fue un hombre desdichado al nacerle una hija.

Soñé con ella, otra mujer mojada que veía desvanecer las páginas diciéndole que bajo un cielo no tan lejano un cuerpo escrito le espera.

¡Y otro en blanco la libera de seguir haciendo polvo con sus manos!

© De León Isamar.

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La metáfora que lleva al suicidio.

El tiempo persigue de cerca mi existencia, avanza junto a mí, y termina alterando la perturbada realidad. Detiene los instantes, y recuerdo un cadáver flotando sobre un manantial de sangre; no es un crimen sonreírle a los espejismos y sudar las alucinaciones.

Conoce la metáfora que lleva al suicidio: de rodillas, una rosa arde en mi boca, de pies, las manecillas ignoran y continúan su camino, y he temblado una y otra vez, porque siempre vuelven y marcan un presagio sobre mi cuerpo.

Y así, con su vaivén y las mismas palabras, permanezco atada a su voluntad, me advierte que no hay escondite y que habrán días que devorará mi calma y otros paralizados por no atreverme a intentarlo.

© De León Isamar.
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