Amor entre azufre y vino.

¿Y la flor? ¿Y el destino?

Al fondo se encuentra el verdugo, echándole un vistazo a los versos vividos, acariciando los sentidos entre azufre y vino.

Este es el paraíso que junto a la soledad esclaviza los silencios, forrado de humo, volvió exhibiendo su cuerpo, ensangrentado tiñe el pétalo y descubre el enigma de sus labios.

El verbo que tanto amó, ardió y es ahora cenizas. Tomaba prestadas las almas puras, y regresaba del abismo a observar desde lejos; como otro susurraba al oído de su amada las líneas que él había escrito.

Se había convertido en la sombra que cantaba destellos de luz, la veía y regresaba su aliento, los eternos insomnios reflejaban su pelo acomodado sobre la almohada y ¡Qué dulce poder morir cada día de amor!

¿Y la flor?
Se la acercó a la boca pintada de magnolias, y regresaba del infierno pensando en ella, ardiendo en gloria reposaba a su lado, sin poder tocarla.

© De León Isamar

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Los arrebatos de tu boca.

Permanezco entre primaveras y promesas, y es que por quererte, he acudido apresurada a saborear los arrebatos de tu boca; de las flores salvajes y los aromas de un viejo poema.

Amiga soy del mediodía: del que descubre tu pecho palpitante para que encuentre yo, los pedazos de mi lengua, para que el deseo salve y guarde el amor ante una mirada que se pierde en el olvido.

Permanezco firme aunque va ardiendo tu nombre en mis labios, fruto de tus agravios es el torbellino en mi cuerpo, se han ensombrecido mis ojos junto a la muerte de la primavera que se asoma.

© De León Isamar.

Carajo!

¡Yo sí he pasado trabajo, carajo!
¿Y quién no lo ha pasado?
Si hasta los reyes magos,
con miel, mirra y oro
salieron a buscar al niño
confundiéndolo con un lucero
con forma de guiño de estrella.

Yo si pasé trabajo.
Y no cualquier trabajo,
nací en el 94, y me siento del 98.
La salud me ha abandonado,
pues llevo cinco compromisos rotos.
No sé si estudiar Derecho
o periodista sin empleo.

Ay, también sigo malviviendo,
el río se lleva mis sueños,
vivo en un país de locos
y es lo mejor que tengo.
Por lo menos se olvida uno
de esos problemas políticos:
¡ay, leñe, que si los haitianos,
ay, coño, que si subieron los precios!

Y en días como éstos
se pasa el trabajo a diario:
los empleos estan escasos,
las mujeres con sus gastos,
los niños endurecidos
y yo sin mencionar mis delirios.

Por eso escribo a menudo,
para que mi trabajo
pese menos en mis hombros,
para que los ojos desnutridos,
los hermanos enemigos
y toda la maldad de este mundo
¡quede sólo en el pasado!

© De León Isamar

Soy tu sacrificio.

Soy tu sacrificio ¡Sacrifícame!

Yo decidí ser cordero, la pureza de mi amor me concedió la gracia de tu daga, ordena y manda que sea rápida mi muerte porque mis pupilas se abren ante el horror de tu nombre.

¡Oh Señor! ¿Por qué tiembla mi cuerpo?
¿Por qué ahora son filos de cuchillos tus palabras?

Me encontraba sedienta y vine a ti, diste de beber la salvación que yo esperaba, diste sosiego a mi cuerpo y besaste mi alma, y ahora quieres que me acoja al veredicto de las cenizas.

Renuncié a mi fe por la convicción de tus besos, y arde en fuego la doliente confesión de tu adiós.

¡Soy tu sacrificio, sacrifícame!
Haz de una vez que la sangre borre este oscuro mandamiento, me enamoré de una corta oración que repetías a diario – te amo, siempre estaré contigo.

Sacrifícame que no deseo la vida sin las parábolas de tus ojos y la benevolencia con la que borraste mis pescados.

© De León Isamar.

Horas distantes.

Súmale a mi soledad los rencores y el cansancio de esperarte, porque para volver a verte, no he pegado ojos en las paredes, sólo insomnio con cada golpe de la puerta.

Pienso en olvidarte, pero es ajeno el pensamiento a lo que el corazón quiere, a veces, desnuda me entrego a la luna que cuelga detrás de la ventana, y me elevo de puntillas a besar las estrellas que te ven, y que han pactado conmigo la prohibición a los amores fugaces.

Súmale al desconsuelo la desesperación de volver a encontrarte, y sabrás, que soy un cadáver andante, que deambula bajo la penumbra de tu recuerdo que va y viene; le suma velos de lutos al amor, y de mis restos habrá un funeral en mi alma.

© De León Isamar.

La acera mojada.

Siempre supe bailar y seducir entre las luces de otras ciudades; bajo la llovizna disfrazada de locura, anticipando la desesperación de la mañana y la crisis hiriente de la madrugada.

Incluso, siempre supe huir de tus “verdades” como una metáfora perfecta que se escapa debajo del puente, siguiendo los grafitis de un artista que muere.

Escuchando las sirenas más allá de mis huesos, me senté en una banca, y la última mirada de tu recuerdo me arrastra por las frías ráfagas del viento, todo lo demás son voces que me saludan desde la alcantarilla.

Siempre en medio del ruido es al silencio al que escucho, me consagro como un peatón cualquiera al pensamiento ajeno reconociendo en sus rostros peores tragedias y amortiguando las mías.

© De León Isamar.