Canario enamorado.

Perdoné usted mis ojos que no la dejan pasar sin antes escudriñarla, son necios mis deseos que agitan su respiración. Disculpe si mi voz a canario enamorado le suena, o si ve a un ruiseñor risueño cada amanecer.

Soy más tímido de lo que cree, pero no me perdonará el cielo dejarla de ver. Conozco la historia de su vida, y quiero servirle de bastón a sus tan cansadas caderas. Si usted besa un mañana juntos puede que se enamore de mi, permítame bajarle la falda antes de quitar mi sombrero.

Aguarde aquí, justo en ese latido que su amor me entregó, y que no se vaya nunca de su lado esa sonrisa que devora mis angustias. Aguarde paciente, vístase de aquella rosa que le regalé. Bailé conmigo está noche, que la juventud nos arrope protegiéndonos de la muerte, de las horas tristes.

Si usted me perdona la demora, por no haberla visto antes. Tal vez en aquel parque, aquella tarde fuimos contrarios a la suerte de un encuentro. Seguramente yo con la cabeza pensaba, y de flor en flor paraba, batiendo tanto mis alas que me casé con un corcel y unas medias rotas.

Si dispersa sus temores y se da cuenta de que por lo tanto que he vivido ya sé lo que quiero, y que de tanto que la quiero ya sé que he vivido, si usted se da cuenta de que la quiero mucho, y que el rumor de don Juan me queda viejo, entonces usted me amará con la ley del día y la sentencia de la noche.

© De León Isamar.

Advertisements

Lirio maldito.

Tu nunca sabrás que pudo haber sido,
yo nunca besé lo desconocido,
si siento este cariño es porque te he querido,
y algun día en alguna parte del olvido
situarás tus ojos en lo lejano,
justo en un beso puro, en esos ojos
yo seré tu prisionero, en algún recuerdo
gritarás un te quiero, y te juro
que nunca te olvido, y prometo
que al pasado no vuelvo, he sufrido
tu engaño camuflajeado, hermoso tu cuerpo
encanto maldito, pelos de oro
el cielo estuvo cercano, y lloro
esos gemidos fingidos, a mi lado
escuchando el llamado prohibido, tus dedos
formando manos de loro, pretendo
de regreso el tiempo oculto,
levantarme del duelo, en el acorde solo
aunque siga sonando el piano, te veo
despacio bailando, y sueño con tus muslos
y acaricio tu voz, soy un mono, un loco
un dios solitario, nadie sabe del amor,
ni de tus ojos, ni de dormir tu modo,
todo junto, pegado, hilachando un rato
esos sencillos pasos del viento, fresco
un amanecer en tu ombligo, el rezo
despierto, sin párpados ni rostro,
me desvanezco, espero el momento
te devuelvo el despecho, te ato al engaño.
Si yo te quiero mucho, es por lo mucho que valgo.
Tu nunca sabrás como querer, ni sabrás acoger lo bonito de un amor perdido. Tu eres geranio o tal vez lirio, yo soy un hombre que mucho te ha querido, y nunca sabrás como te he querido.

© De León Isamar.

Mi gata vieja.

Yo te quise siempre,
vamos a ver si él te quiere así,
bajando cada día suspiros tibios,
de una nube fría, de una mañana gris.

Yo te quise siempre,
y tu a mi me diste fin,
preferiste la noche traviesa.
Usaste pantomimas para sentir.
Vive lejana a mi, yo te quise siempre, y siempre te voy a querer, desde esta esquina cubica, veo que tú concubina, ubicas y sitúas tus encantos en los pobres diablos.

Yo te quise escuchando bolero, tomando pasos del viento, moviendo las caderas del sol hasta la luna. Te quise siempre vestida, te amaba desnuda y benditas eran tus palabras. Miau, mi gata vieja, ay que joven despedida, hace tanto y tan poco que te fuiste que ronroneo sin parar en un sillón.

Yo te quise porque sé querer las cicatrices, amé tu corazón y besé tus rodillas sacrificadas por deseos de gata mansa. Y aquí en mi callejón, tomo de la soledad un sorbo triste, con ojos negros y suerte negra, más vale seguir saltando de techo en techo otra morada. Difícil encontrar quien de cobijo, aunque grito como niño por tu partida, está viejo mi cuerpo, y mis tantas vidas con cada lagrima se marchan a navegar en mi mar de amores donde un gato se ahogo.

© De León Isamar.

Huérfana.

Le esperaba al salir de casa. Aquel algodón flotando le anunciaba que pronto llovería y que sería otro día gris.

Se había acostumbrado a la oscuridad y pasaba sus noches conversando con su soledad. Quién mejor que ella para escuchar sus quejas y reproches. El insomnio había tomado la forma de su rostro; demacró sus pupilas y resaltó sus arrugas.
Poco le importaba, para él lo más aterrador era la muerte y tuvo con gran dolor que conocerla. Nunca volvió a ser el mismo. O mejor, para desligarlo de esa frase cliché; él mismo nunca volvió, se perdió en los párpados cerrados de aquel ser que tanto amó.

Pero hoy al salir de casa, le esperaba el hambre encarnada en unos huesos frágiles, y una nube gris anunciaba una fría corriente que se llevaría de una la poca piel que le quedaba. Conocía esa mirada, la esperanza siendo devorada por el vacío.
Retomó sus pasos y pasó de largo, cortando con los ojos cerrados su conciencia. No miró atrás hasta que escuchó un grito ahogado.
-Papá.

De rodillas buscando señales de vida, sintió que latía después de tanto tiempo su corazón. La oscuridad se tragó la tarde, y lloraba el cielo después de tanto estruendo… Corrió con ella en sus brazos, no podía abrir su puerta, y escuchó que le llamaban. Venía de prisa la vecina con el paraguas en mano que se hizo cometa por la brisa.

Ya los tres empapados; de miedo, de soledad y de hambre se perdieron un momento en las gotas finas que resbalaban como hilos por la ventana.
Suspiró la niña y despertaron de sus pensamientos.
¿Qué más podría pasar? Cómo termino está historia?
Con mi madre que es la vecina que me ha llenado de amor y ternura, y saciada de frescas verduras que trae todos los días aquel hombre que escuchó que le llamaban papá…Supo que desde el otro lado su hijo le esperaba, pero mientras tanto llenaría el vacío que en vida había dejado.

© De León Isamar.

Efímeras.

El amor por primera vez danza en los ojos, vuela y muere.

A plena luz se muestra, se olvida el valor de los diamantes y sólo se sueña con jugar a los amantes, el por siempre se repite junto con las flores salvajes, se vuelven jóvenes los viejos veranos, y se arropan los otoños con la pasión ardiente.

El tiempo de amar es eterno, como la vida de la Efímera, está presente sólo una vez y revive siempre, en el aire y en la noche. Atada a los barrotes de un gentil ciclo, que se ríe de su baile.

No he nacido ajena a una caricia, ni es menos mi sentir por ser diferente, es el blanco pecho de la mañana que desviste mis alas.
Me desmayo levemente en las piernas de la tierra, en sus raíces.

Efímera bajó la luna, y perfumada de un encuentro amoroso entre tu y yo, se marchó extasiada a casa a despertar al sol, quien con su sombrero de plumas hizo gesto de pasar al ruiseñor.

Efímera bendición de encontrar el amor, de saber el sabor de un verso en el corazón.

© De León Isamar.

Mi señora de los 15

Ahora vienes a mi, cuando tu cuerpo de guitarra moldeado luce gastado, y traes tus cuerdas en canas blancas que resuenan contra un espacio hueco como tus dientes, engañados por un rojo pintalabios, que quiere ocultar la palidez de una piel que fue canela.

Pasa, toma asiento, soy todavía un joven engañado por tu viejo recuerdo, y aquel vestido rojo que no olvido. Fue pecado tocar el rostro ajado, y el cuerpo prohibido pero no por eso menos deseado de una que sólo con tacones camina, y cobraste a la vida el deseo y pagaste con sexo y engaños, al mismo tiempo que pausaste tu presente oportuno, olvidando el futuro, flácido y frío.

Ahora vienes a mi, después de haber pisado mi suelo ilusorio contigo, traes duelo y desconsuelo, arrugada tu alma y vacía tu cama acabado ya el extasis de tu juventud y con falsas pestañas, pretendes que te nombre mi señora, honorable y mía.

Ahora vienes a mi, tan pálida, tan angustiada.
¿Dónde está tu fuego?
Te miro y pienso si mereces mi almohada, si aquel memorable juramento a tus quince años aun lleva el peso de la verdad, y es que tengo tu edad, pero soy un joven soñador, que cuidó de su vida con honorabilidad.